lunes, 16 de marzo de 2020

EDUCACIÓN Y POBREZA



PELÍCULA: PA-RA-DA
ITALIA (2008)
DIRECTOR: MARCO PONTECORVO



ACTIVIDADES A REALIZAR:

1- LEER EL SIGUIENTE TEXTO QUE COMENTA Y PONE EN CONTEXTO LA PELÍCULA A VER LUEGO.
2- VER CON ATENCIÓN LA PELÍCULA QUE APARECE ABAJO DEL TEXTO. (YOUTUBE)
3- REALIZAR EL CUESTIONARIO EN WORD
4- ENVIARLO POR E-MAIL AL DOCENTE: rocchiadaniel@gmail.com  (antes del 31 de marzo)


1-LEER ESTE TEXTO:

ENTRE LA INDIFERENCIA Y LA SONRISA:
LA BÚSQUEDA DEL RESPETO

(TEXTO EXTRAÍDO DE CUADERNILLO DE ARCHIVO FÍLMICO PEDAGÓGICO , JÓVENES Y ESCUELA - MINISTERIO DE EDUCACIÓN DE LA NACIÓN- DICIEMBRE 2014.)

Un payaso y varios niños. Un payaso y burocracias a su alrededor. Alrededor de los niños mucha
gente mirando para otro lado. ¿Qué relación hay entre Miloud, el payaso, y las burocracias; entre
los niños y la gente; entre el payaso y los niños?

La película está basada en hechos reales. Transcurre en Bucarest pero podría haberse filmado
casi en cualquier parte del mundo. PA-RA-DA es una compañía de circo callejero formada por ni-
ños de la calle. Un emprendimiento lúdico que intenta sacar a los chicos de la calle, tierra de nadie.
La película se inaugura con una pregunta: “¿Tienes miedo?”. El niño comprende y no comprende lo que le está preguntando Miloud. Son demasiado jóvenes para tomarse en serio el mundo que los rodea. Parte del juego consiste en no entender. Juegan a no entender. Aunque saben perfectamente de qué se trata la calle, no tienen las herramientas para comprenderla. Como todos los niños, se sienten todopoderosos y se llevan el mundo por delante, o eso les gustaría. Pero a estos niños el mundo los pasó por arriba. Son niños viejos que crecieron de golpe, a fuerza de golpes. Golpes que provienen de todos lados.
Los niños están ahí, caminando entre la multitud. Aguardando en los andenes, esperando a los turistas. Nadie los ve o nadie elige verlos. Son como fantasmas. Están y no están ahí. El esfuerzo por
cerrar los ojos tiene un nombre: indiferencia. La indiferencia es la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. Cuando las personas no pueden ponerse en el lugar del otro, no sólo ya no quieren pensarlo
sino tampoco pueden sentirlo. La indolencia es uno de los rasgos de la vida en la gran ciudad. Esto era algo que había advertido hace casi un siglo el sociólogo alemán Georg Simmel. La gran ciudad va embotando los sentidos hasta anestesiarlos por completo. La indiferencia se ha transformado en la gimnasia cotidiana de una sociedad alienada, entrenada para no ver. Una sociabilidad organizada a través de la indiferencia. Todos los días, apenas ponemos un pie en la calle, sorteamos montones de “cosas”, entre ellos a los vagabundos y los niños de la calle. Nos sentimos el centro del mundo pero negamos al resto que nos rodea, sobre todo si no comparte nuestros estilos de vida, tiene otras pautas
de consumo, otros modales, usa otras palabras, otros gestos. La indiferencia es la manera que elegimos para estar en la ciudad. Todo el mundo sigue y nadie se detiene. El prójimo está lejano.

Hasta que aparece un payaso a dirigir el tránsito de los trashumantes y emular la indiferencia que portan. ¡Hasta al payaso eligen no ver! Pero al payaso no le importa. Tiene otros planes para su actuación: ganarse la atención de los niños. Los adultos se hacen los distraídos, no se detienen. En la imitación que el payaso hace de sus poses, reconocen su vida alienada. No tienen ganas ni tiempo para demorarse y devolver siquiera una sonrisa de cortesía. Se sienten expuestos, molestos y lo miran con bronca. Sólo los niños, que saben guardar la ingenuidad, se detendrán en el payaso. Esos niños tienen todo el tiempo del mundo. Sus vidas están hechas de ocio. Los niños pendulan entre el ocio forzado y la mendicidad; el ocio forzado y la ayuda social; el ocio forzado y alguna que otra fechoría muy menor. Las travesuras son las maneras de activar la grupalidad y llenar el tiempo muerto con el que se miden todos los días. El payaso se propone robarles algunas sonrisas y llenar el tiempo con diversión. A lo mejor tiene suerte y logra entusiasmarlos para pensar entre todos otro rumbo para sus derroteros.

Al principio desconfían del payaso. No están acostumbrados a la ternura y en la sorpresa manifiesta que Miloud descubre en el rostro de los niños, entiende también que hace tiempo que nadie les dedica una sonrisa, un mimo. Al menos cuando la sonrisa tiene cara de grande. Porque casi siempre, cuando la vida adulta les sonríe, es para abusar de ellos otra vez. Miloud intuye que para ganarse la confianza no bastan las monerías, hay que jugarse entero y sumergirse con ellos. Transitar las mismas alcantarillas, escaparse de los mismos pasadizos, avivar el mismo fuego, correr los mismos riesgos. Al fin de cuentas, el payaso también es un extranjero. Hay un mundo debajo del suelo.
Pero ese subsuelo no tiene las fuerzas para sublevarse. Cuando se vive por debajo de la línea de flote, y se habita en los bajofondos, la energía está puesta en sobrevivir. Como las casas hechas con naipes, una brisa puede voltearlas fácilmente y a cada rato hay que
volver a empezar. Los niños mendigan y bardean; se prostituyen y drogan en vivo y en directo. No obstante, nadie los ve. Todo el mundo cerró los ojos. Juegan a la pelota, se pelean y corren. Pero todos, o casi todos, eligen no mirar. Son niños de todos lados que confluyen en una estación de tren. Estamos en Bucarest, pero podría ser Retiro o Constitución. Están varados en una estación esperando un tren que nunca sale, al menos para ellos.

En un momento alguien grita: “Ahí llegan los trenes” y los chicos salen a su encuentro. Como moscas, empiezan a revolotear sobre los pasajeros. Y cuando descubren un turista lo siguen hasta ganarle por cansancio. Ellos venden tranquilidad a cambio de unas monedas. Molestan para dejar de molestar. El precio de la tranquilidad es la caridad nuestra de cada día. Todo va viento en popa a fuerza de voluntad e imaginación. Dos palabras que las burocracias no entienden. Sus protagonistas están entrenados para actuar en piloto automático. Viven también de la indiferencia. Pero cuando ponen el ojo sobre la diferencia se vuelven universales. Si no pueden pensar la diversidad, mucho menos la dificultad. Su tarea consiste en esconderla debajo de la alfombra. Si hay pobreza que no se note. Dice la policía: “los chicos de la cloaca son vagabundos y viven del carterismo y la prostitución”.

La sentencia estaba escrita en el aire, sólo era cuestión de tiempo, dejar que la maquinaria se ponga en marcha. El orfanato es el lugar para esconder lo que no quieren y no saben cómo resolver.
Cuando llega el invierno el sueño es el peor enemigo. Morir de frío es uno de los riesgos que corren los chicos que viven a la intemperie. Pero también quedar solos. Los niños se pelean pero se siguen de cerca; pueden bardearse entre ellos pero saben cuidarse entre sí. Aquí y en todas partes, los chicos de la calle son niños desangelados. No tienen a nadie que cuide de ellos, más que ellos mismos. Y aquellos que deciden arroparlos deberán sortear la mala conciencia de una burocracia que los lleva no sólo a no hacer nada o hacer muy poco sino a boicotear lo que otros quieren hacer. Una burocracia que, habiendo fracasado en sus intentos, estando “sin presupuesto”, “padeciendo ajustes”, se fue enfriando hasta la indolencia. Tampoco pueden sentir el dolor del otro. Las burocracias están hechas para permanecer en el tiempo, pero de manera insensible. Hace tiempo que ya no corre sangre en sus venas. Se han vuelto frías como una jaula de hierro. Acaso por eso mismo, todo lo que miran lo capturan, agregándole más violencia al dolor de todos los días.

Desde ya que hay distintas burocracias; de las que estamos hablando son aquellas donde la vida se ha desencantado. Instituciones que fragmentaron las tareas para licuar las responsabilidades personales. La vida les pasa por al lado, pero la siguen mirando de lejos. En una burocracia todos obedecen directivas, por eso nadie se equivoca. La división del trabajo dentro de cada burocracia tiende no sólo a despersonalizar a sus protagonistas, sino al trato que dispensan. El otro, el destinatario de la acción del Estado, se vuelve un expediente, un número, una cifra. Ahora bien, cuanto más complejo se hace un aparato y mayores son sus efectos, tanto menos tenemos una visión clara de ellos y tanto más se complica nuestra posibilidad de comprender los procesos de los que formamos parte o de entender realmente lo que está en juego en ellos.

Como decía Günther Anders: “pese a ser obra de los seres humanos y pese a funcionar gracias a todos nosotros, nuestro mundo, al sustraerse tanto a nuestra representación como a nuestra percepción, se torna cada día más oscuro”.1
Demasiado temprano para morir. Demasiados niños para pensar en la muerte. Y sin embargo, la muerte está ahí, al lado de ellos. La ven pasar a diario. Tiene cara de policía, de indiferencia, de
comerciantes alertas, turistas desconfiados, proxenetas y prostituyentes. Imaginamos, también, que tiene cara de ferretero, el mismo que les vende el pegamento diariamente. La muerte camina junto a ellos, y todos los días elegirá a uno. Porque la muerte a veces llega de un día para el otro, pero trabaja en cámara lenta, calando los huesos de a poco, con el hambre, en todo momento.

Hablamos de niños solos, o mejor dicho, de chicos en banda. Niños vulnerados. Niños reclutados y regenteados por adultos que hicieron de la desgracia ajena, una forma de sobrevivencia. Porque la
vulnerabilidad tiene sus escalas. Y así como los grandes se aprovechan de los chicos, entre los chicos hay alguien que sabe manipular a los más crédulos. Nadie está en condiciones de oponerse a nada. No hay respeto o este tiene muchas acepciones. De hecho, el payaso propondrá cargarlo de nuevos valores y otras relaciones que sepan devolverles un límite a tanto derrotero. Si hay respeto habrá esperanza.
Esteban Rodríguez Alzueta
Abogado y magister en Ciencias Sociales, docente e investigador.

2- VER LA PELÍCULA EN PANTALLA COMPLETA:


3- RESPONDER AL CUESTIONARIO:

Para alumnos
1.¿Qué situaciones concretas de indiferencia se muestran en la película?  ¿Qué situaciones de “indiferencia” reconocen en su vida cotidiana? ¿Ustedes son víctimas de esa indiferencia? ¿Qué otros grupos, además del que muestra la película, consideran que son víctimas de
la indiferencia social? ¿Por qué crees que se dan estas situaciones? ¿Qué piensan ustedes sobre la dificultad de ponerse en el lugar del otro y “no mirar” o hacerse los distraídos?
 
2. En la escuela, ¿existen situaciones en las que sienten ignorados? ¿Cuáles son? Qué hacen en esas situaciones?
 
3. ¿Identifican algo en la película sobre lo que les gustaría saber más? Una vez identificado esto: ¿pueden aportar algún dato o información?

4. La historia que cuenta la película es la historia de niños solos, vulnerados, en banda. Pensando en las dificultades que muestra la película, ¿hay algo de lo que ustedes hacen (o podrían hacer) que pueda contribuir a cambiar las situaciones que se muestran? ¿Qué otras cosas creen ustedes que debería cambiar? ¿Qué significado especial tiene el valor de "respeto" en la situación que muestra la película?

5. ¿Qué hace o podría hacer el sistema educativo para contemplar las situaciones de vulnerabilidad con la que acuden muchxs niñxs y sus familias a las aulas de las escuelas?

6. Realice un afiche de la película teniendo en cuenta todo lo conversado en esta guía. Utilice alguna plataforma de diseño para realizarlo. (Ej: www.canva.com)

4- ENVIAR EL CUESTIONARIO EN WORD AL DOCENTE

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